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Bolivia mayo 1, 2008

Posted by Lodovico Settembrini in El Reino de este Mundo.
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La historia moderna de Bolivia aparece punteada por los ciclos de auge y decadencia de un sector económico particular. Y el cambio del eje productivo se ha expresado geográficamente. En 1899, el fin de la era de la plata y el surgimiento de la rosca del estaño de los Patiño, Horschild y Aramayo, significó, previa solución del conflico manu militari, el traslado de la sede del poder político de Sucre a La Paz. En la historia del régimen surgido de la Revolución de 1952 esta traslación deja de expresarse geográficamente: aquí el poder se escapa del movimiento obrero organizado y el MNR original hacia la alianza del ejército reconstituido con los campesinos beneficiados por la reforma agraria.

El referéndum del próximo domingo en Santa Cruz de la Sierra apunta en esta dirección, pero añade una dificultad inexistente en crisis anteriores. Si bien el Estatuto puesto en consideración ha sufrido cambios que liman sus aristas más radicales, su núcleo elimina casi por completo las atribuciones del gobierno nacional. Los puntos de conflicto de las normas respecto a su jerarquía jurídica abundan, sin remitir a una instancia superior de resolución.

La virtual expulsión del poder central de los asuntos departamentales puede tener su origen en el temor de las oligarquías locales al escenario abierto con la llegada de Evo a la presidencia. Pero lo cierto es que en la actualidad el discurso autonomista logró convertirse en el aglutinante de una cadena equivalencial de demandas (también por acá anduvo don Laclau) que escapan a su pecado de origen.

La relativa holgura de recursos de todo tipo en manos de los cruceños sobresale frente a las dificultades del gobierno nacional. Parado en el vértice de fuerzas débilmente articuladas (nada más expresivo que la corporización de esto en las figuras de García Lineras y Choquehuanca), Evo no puede evitar el espasmo como signo distintivo de su política. Se acaba de anunciar la nacionalización de cuatro empresas petroleras (una de ellas de Repsol), algunas con sede en Santa Cruz. Otro probable frente de ruptura entre el gobierno nacional y el departamental (art. 7, 12 del Estatuto autonómico)

Bolivia aparece como la principal fuente de inestabilidad en la región, en medio de un ciclo de crecimiento inédito. Obliga, entonces, a pensar el papel de la Argentina y del Brasil. Por un lado, el dilema de Brasilia gira en torno a la oportunidad de poner realmente en práctica lo que hasta el momento no es más que el mero discurso sobre su liderazgo. Para esto debe decidir pagar los costos, discusión no saldada todavía si escuchamos a Celso (o Brasil precisa ser generoso e não imperialista na relação com seus vizinhos) rechazando, una vez más, el motete de imperialista de la política exterior brasileña. La Argentina, por su parte, y más allá de la existencia de grupos bolivianos que postulan la incorporación de sus departamentos a nuestro país (el más connotado es el “Veinticinco de Mayo”), necesita reflexionar sobre el modo en que, palabra maldita, su intervención conjugue el apoyo a la unidad de Bolivia y su gobierno legítimo, la reducción de las tensiones y la protección de intereses concretos y legítimos (provisión de energía, estabilidad regional, democracia)

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